Biografias de letra G
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Manuel Gálvez

Manuel Gálvez fue un narrador, poeta, ensayista, historiador y biógrafo argentino.Autor de una extensa y brillante producción novelística en la que supo combinar, con tanto talento literario como rigor intelectual, la recuperación del pasado histórico argentino con los ingredientes específicos de la ficción narrativa, fue, junto a Ricardo Rojas y Leopoldo Lugones, uno de los escritores argentinos de comienzos del siglo XX más comprometido con la denominada "reacción nacionalista", en la que ocupó un lugar esencial el rescate del legado cultural español y el sentimiento de orgullo por pertenecer a una misma raza hispánica.​
Manuel  Gálvez
Manuel Gálvez

Nacido en el seno de una familia acomodada que había alcanzado un considerable poder merced a la dedicación a la política activa de algunos de sus miembros, recibió, en la provincia de Santa Fe, una esmerada formación escolar que pronto orientó sus esfuerzos intelectuales hacia la parcela de las Humanidades. En su juventud, se trasladó a Buenos Aires para cursar estudios superiores de Derecho, pero, una vez alcanzada la licenciatura, desestimó la posibilidad de ganarse la vida ejerciendo la abogacía; y tampoco quiso seguir, al amparo de la tradición familiar, una carrera política que había llevado a muchos de sus antepasados a dominar, bajo la forma del caudillaje, buena parte de la provincia de Santa Fe.

Alentado por un firme orgullo nacionalista que hundía sus raíces en la pertenencia a una estirpe criolla provinciana descendiente de los conquistadores españoles, Manuel Gálvez se consagró de lleno al cultivo de la creación literaria para explotar la veta de una tradición ligada, por un lado, a los valores, las costumbres y las formas de vida provincianas de la Argentina interior, y, por otro, a un nacionalismo incipiente alentado por las clases dominantes de su entorno, sustentado en las bases ideológicas sentadas por sus escritores e intelectuales (como los citados Rojas y Lugones), y estrechamente vinculado al mestizaje surgido de la vasta riqueza cultural hispánica y las aportaciones de los numerosos inmigrantes que, a comienzos del siglo XX, arribaron a las costas argentinas.

Sus primeros escritos, de naturaleza periodística, vieron la luz entre las páginas de la revista Ideas, fundada en 1903 por el propio Gálvez. Pronto empezó a desarrollar, en éste y en otros muchos medios de comunicación, una infatigable labor de animación cultural que comprendía desde la enconada defensa de la profesionalización del escritor (con el consiguiente reconocimiento no sólo social, sino también económico, de su trabajo, a través de la explotación de las posibilidades que se abrían en el mercado capitalista), hasta la promoción de numerosos autores jóvenes que vieron publicadas sus primeras obras en las empresas editoriales dirigidas por Gálvez, y hallaron una amplia difusión en sus artículos periodísticos centrados en la crítica literaria. Consagrado, por todas estas actividades, como una de las figuras más destacadas e influyentes del panorama intelectual argentino de la primera mitad del siglo XX, fundó -entre otras entidades y publicaciones- la sección argentina del "Pen Club", ingresó en la Academia Argentina de las Letras y fue elegido miembro correspondiente de la Real Academia Española. Entre los múltiples galardones y reconocimientos que recibió en su país, destaca la concesión, en 1935, del prestigioso Premio Nacional de Literatura, así como su nominación, en tres ocasiones, como candidato a la obtención del Premio Nobel de Literatura

Obras

En la primera década del nuevo siglo, Manuel Gálvez se dio a conocer como escritor merced a la publicación de dos poemarios que, a la postre, habrían de constituir la parte menos significativa de su producción literaria, habida cuenta de su inmediato abandono de los cauces líricos para adentrarse, con un pulso mucho más firme y seguro, en los extensos dominios de la prosa. Se trata de El enigma interior (Buenos Aires: [s.p.i.], 1907) y Sendero de humildad (Buenos Aires: Moen, 1909), dos colecciones de versos inscritas en los modelos formales de la corriente postmodernista que, a la sazón, circulaba por toda Hispanoamérica, y centradas -desde el punto de vista temático- en las inquietudes religiosas del autor, muy intensas por aquel entonces entre las preocupaciones espirituales de Gálvez, debido a su reciente conversión al catolicismo.

Sin embargo, su auténtica irrupción como escritor -al margen de esta anecdótica aventura lírica- tuvo lugar en 1910, cuando dio a la imprenta un libro en prosa que, bajo el título de El diario de Gabriel Quiroga. Opiniones sobre la vida argentina (Buenos Aires: Moen, 1910), venía a anticipar, por un lado, esa maestría de Manuel Gálvez para expresarse en un género híbrido entre la ficción narrativa y la reflexión ensayística, y, por otra parte, su indudable adscripción a la corriente nacionalista ya mencionada en parágrafos anteriores, plasmada -en este libro concreto- en un ardiente homenaje a la patria con motivo del centenario de su Independencia.

Por idénticos cauces argumentales y temáticos discurrió su siguiente publicación literaria, titulada El solar de la raza (Buenos Aires: Nosotros, 1913), en la que los valores nacionalistas se aliaban con la acentuada espiritualidad del autor y su firme convicción hispanista para postular un modelo de identidad nacional argentina que, abiertamente opuesto a esos ecos de modernidad que empezaban a llegar desde Europa, cifraba sus señas específicas -siempre según los anhelos del autor- en la pureza tradicional de la cultura española y la religión católica.

Al tiempo que ofrecía estas obras de creación y reflexión, Manuel Gálvez desplegaba una intensa labor específicamente ensayística que, alimentada por sus investigaciones periodísticas y por su permanente observación y análisis de la sociedad argentina de la época, ofrecía frutos tan valiosos como su Informe sobre el paro forzoso (Buenos Aires: Alsina, 1913).

Pero, sin duda alguna, el lector medio de aquel tiempo prefería las entregas novelísticas del escritor de Paraná, como había quedado bien patente en el inmediato agotamiento de la primera tirada de El solar de la raza, compuesta por la nada despreciable cantidad de cuatro mil ejemplares. Así que Gálvez se lanzó de lleno a la materialización de un ambicioso proyecto narrativo que, según explicó más tarde en sus memorias, acababa de concebir por aquellos primeros años de la segunda década del siglo: "Me refiero al plan que tracé en 1912. ¿Había en ese plan ambicioso alguna influencia de Balzac, de Zola, y, acaso, de Pérez Galdós y Baroja? No es imposible, sobre todo, del primero. La formidable construcción del maestro, que comprende toda, o casi toda, la sociedad francesa de su época, me tenía impresionado. Yo también soñé con describir, a volumen por año, la sociedad argentina de mi tiempo. El plan abarcaba unas veinte novelas, agrupadas en trilogías. Debían evocar la vida provinciana, la vida porteña y el campo; el mundo político, intelectual y social; los negocios, las oficinas y la existencia obrera en la urbe; el heroísmo, tanto en la guerra con el extranjero como en la lucha contra el indio y la naturaleza; y algo más".

Sorprende, en primer lugar, la amplitud de miras de este proyecto monumental -que, como añade el propio Gálvez en sus memorias, quedó prácticamente culminado al final de su existencia-, pero también la osadía de un autor que se atreve a medirse con los grandes maestros del naturalismo francés y las figuras señeras del realismo español, en un terreno que, a diferencia del hallado por sus modelos, aún estaba por abonar en suelo argentino. Sin embargo, la meticulosa programación de Manuel Gálvez (plasmada tanto en sus novelas de naturaleza realista o naturalista, como en sus ensayos históricos y en sus rigurosos escritos biográficos) consiguió desbrozar y roturar una amplia parcela de la tradicional narrativa argentina, para sembrar en ella uno de sus principales hallazgos, que abriría múltiples campos de trabajo a futuros narradores: la sabia combinación de los temas y argumentos rurales propios de la ficción que se venía escribiendo hasta entonces (bien es verdad que adaptados a los nuevos tiempos), con los novedosos aspectos que, a comienzos del siglo XX, estaban transformando la sociedad argentina (mentalidad cosmopolita, auge de los núcleos urbanos, desarrollo de la industria, tímida integración en la economía global, etc.). Por estas vías temáticas progresaron las primeras entregas narrativas que fueron dando consistencia a su ambicioso proyecto de plasmar la historia argentina contemporánea y todas las capas sociales que la estaban protagonizando; entre estas novelas, conviene destacar algunas tan celebradas por la crítica y los lectores de su tiempo como La maestra normal (Buenos Aires: Nosotros, 1914), El mal metafísico (Buenos Aires: Nosotros, 1916), La sombra del convento (Buenos Aires: Agencia General de Librería y Publicaciones, 1917) y Nacha Regules (Buenos Aires: Pax, 1919).

En las décadas siguientes, Manuel Gálvez siguió desarrollando su bien estructurado proyecto merced a la publicación de otras espléndidas novelas como Historia de un arrabal (Buenos Aires: Agencia General de Librería y Publicaciones, 1922) y Hombres en soledad (Buenos Aires: Club del Libro, 1938). Desde su paradójica adaptación del naturalismo europeo -hijo de la filosofía positivista- a ese peculiar realismo espiritual de sus primeras narraciones, el autor de Paraná fue evolucionando hacia el subgénero de la novela histórica, enfocado en su obra creativa desde una perspectiva didáctica que proponía al lector argentino una profunda revisión de la historia explicada, hasta entonces, por los políticos e intelectuales de sesgo liberal. En efecto, las narraciones históricas de Manuel Gálvez están trufadas de un reaccionarismo ideológico que presenta al pueblo argentino como una comunidad ligada al sufrimiento para hallar, a través de él, su redención: en estas obras, los héroes son aquellos caudillos condenados por la historiografía liberal (quienes, para Gálvez, constituyen la mejor representación de la esencia nacional); los hechos relatados son los episodios bélicos más sangrientos del pasado argentino, adobados con épicas arengas de guerra que traslucen siempre un ideario conservador; y, en general, todos los temas y argumentos constituyen un discurso ideológico claramente superado por una sociedad argentina que, a la sazón, ya estaba plenamente imbuida en un espíritu cosmopolita que pedía a gritos la apertura hacia los valores políticos, sociales y culturales procedentes de Europa. No es de extrañar, por ende, que aunque gozara en ciertos momentos de un amplio número de lectores (a quienes llegaban sus textos, normalmente, en forma de entregas folletinescas aparecidas en periódicos y revistas), Manuel Gálvez no influyera demasiado en las generaciones de autores argentinos posteriores, que pronto rechazaron un magisterio literario que llevaba implícitas tantas cargas de ideología conservadora. Su estilo y algunos de sus temas calaron, en un principio, en los escritores del grupo de Boedo, quienes agradecieron al autor de Paraná su brillante recuperación de la mejor tradición realista; pero el progresivo escoramiento de Gálvez hacia posturas firmemente reaccionarias impidió que su influjo se extendiera más allá de la década de los años veinte.

No obstante, Manuel Gálvez continuó enviando a la imprenta sucesivas entregas de su monumental proyecto literario, compuestas por novelas propiamente dichas, ensayos históricos y literarios y, en su última etapa, brillantes acercamientos biográficos a algunas de las figuras más notables de la historia de Argentina, desde Juan Manuel de Rosas, pasando por Sarmiento, hasta llegar al general Perón. Al margen de las obras ya citadas en parágrafos anteriores, esta ingente producción impresa de Gálvez se completa con otros títulos como La vida múltiple. Arte y literatura (Buenos Aires: Nosotros, 1916), La tragedia de un hombre fuerte (Buenos Aires: Mercatali, 1922), El cántico espiritual (Buenos Aires: Agencia General de Librería y Publicaciones, 1923), El espíritu de la aristocracia y otros ensayos (1924), La pampa y su pasión (1926), Una mujer muy moderna (Buenos Aires: Gleizer, 1927), Los caminos de la muerte (Buenos Aires: La Facultad, 1928), El hombre de los ojos azules (Buenos Aires: La Facultad, 1928), Humaitá (Buenos Aires: La Facultad, 1929), Jornadas de Agonía (Buenos Aires: La Facultad, 1929), El gaucho de los cerrillos (Buenos Aires: La Facultad, 1931), El general Quiroga (Buenos Aires: La Facultad, 1932), Vida de Hipólito Yrigoyen. El hombre del misterio (Buenos Aires: Tor, 1939), Vida de don Juan Manuel de Rosas (Buenos Aires: El Ateneo, 1940), Maestros y amigos de mi juventud (Buenos Aires: Kraft, 1944), Vida de Sarmiento (Buenos Aires: Emecé, 1948), José Hernández (Buenos Aires: La Universidad, 1945), El santito de la toldería (La vida perfecta de Ceferino Namuncurá) (Buenos Aires: Poblet, 1947), La muerte en las calles (Buenos Aires: El Ateneo, 1949), Tiempo de odio y de angustia (Buenos Aires: Espasa Calpe, 1951), Y así cayó don Juan Manuel (Buenos Aires: Espasa Calpe, 1954), Las dos vidas del pobre Napoleón (1954), El uno y la multitud (Buenos Aires: Alpe, 1955), Tránsito Guzmán (1956), En el mundo de los seres ficticios (Buenos Aires: Hachette, 1961), Entre la novela y la historia (Buenos Aires: Hachette, 1962), Me mataron entre todos (Buenos Aires: Emecé, 1962), y el volumen póstumo En el mundo de los seres reales (Buenos Aires: Hachette, 1965). Otras obras suyas son Perdido en la noche, Vida de Gabriel García Moreno y la tragicomedia Calibán (Buenos Aires: [s.p.i,], 1943).

A modo de resumen, cabe subrayar la primera etapa novelística de Manuel Gálvez como la parte más apreciable -desde una valoración estrictamente literaria- de toda su producción impresa. En ella se condensan ambientes, personajes y situaciones que acercaron realmente al escritor de Paraná, más que a sus admirados modelos franceses y españoles, a la novela rusa decimonónica: el conflicto permanente entre los medios rural y urbano; la soledad e indefensión del artista; la necesidad de alfabetizar y educar a las clases más bajas; la denuncia social entreverada de sentimentalismo y pietismo humanitarios; la descripción de los ambiente urbanos más sórdidos (con sus lacras lacerantes en las grandes ciudades de todo el mundo: miseria, hacinamiento, delincuencia, prostitución); etc.