Un movimiento pretoriano

Aunque la conspiración tuvo gestores y jefes civiles de la categoría de Valentín Alsina, fue sobre todo un movimiento militar, sin participación del pueblo y sin apoyo del mismo. 


Un movimiento pretoriano que se extiende al pueblo.

Así lo confesó Carlos Tejedor cuando se hizo cargo de la redacción política de El Nacional: "La revolución del 11 de setiembre nació indudablemente pretoriana, en la mañana del 12 todo el que ha recorrido la plaza de la Victoria ha visto que sólo la hacían dos mil soldados; del pueblo no había más que cincuenta o cien guardias nacionales".

Se cansaron Esteves Sagui y Miguel Casimiro Sorondo de tocar la campana del Cabildo desde la una y media hasta el amanecer; el pueblo no acudió; a las 8 de la mañana, no había más que 30 hombres de la guardia nacional formados.

Como los instrumentos del golpe de mano fueron las tropas correntinas y entrerrianas, se dudaba de los propósitos del movimiento y éste fue mirado con frialdad y con recelo, pero gracias a la prédica fogosa de la prensa comenzó a enterarse la gente de que se había hecho la revolución para reivindicar la soberanía provincial conculcada.

Las armas de la retórica y de la demagogia fueron esgrimidas con pasión comunicativa para que el pueblo saliese de la apatía; la presencia de Mitre, ya bien conocido, animó poco a poco a los vacilantes. 

Hubo plena conformidad en la reinstalación de las autoridades provinciales depuestas por Urquiza, pero cuando se expuso el carácter nacional del movimiento y el deseo de propagarlo a las provincias hermanas, la coincidencia no fue tan completa. 

Hubo descontento y desencuentros con el manifiesto emitido por la Sala de representantes a las provincias para justificar los hechos de fuerza y hubo también disconformidad con el desconocimiento anunciado del Congreso constituyente de Santa Fe y el retiro a Urquiza de las facultades para dirigir las relaciones exteriores. 

La contrarrevolución

El gobierno tuvo que recurrir a medidas de rigor para sofocar los síntomas de una franca contrarrevolución. 

El 24 de setiembre se ordenó al jefe de policia la prisión y el destierro, en el plazo de 24 horas, de varios jefes militares y de personalidades civiles que habían promovido alarma la noche anterior y suscitado una reacción espontánea de la guardia nacional. 

Entre los señalados para la aplicación de esa medida del gobierno estaban Hilario Lagos, Gerónimo Costa, Ramón Bustos, José María Pita, Mariano Baudrix, Roque Pérez, Juan Pablo Alegre, Bernardo Romero, Marcos Arredondo, Daniel Arana, siendo sobre todo Hilario Lagos el que dio muestras de descontento desde los primeros días de la revolución.

Todos los resortes adecuados fueron puestos en tensión para mantener la fe pública y el entusiasmo por el fácil triunfo del 11 de setiembre. 

Se distribuyeron donativos a las tropas participantes, hubo festejos en la plaza de la Victoria, bailes en el Club del Progreso, serenatas en el Coliseo en honor de los cuerpos sublevados, revistas espectaculares de las tropas de la guardia nacional con arengas oportunas, un acto de confraternidad entre el pueblo y el ejército en Palermo; en el Coliseo se realizó una especie de fusión de los partidos, abrazándose muchos antiguos rosistas prominentes con los unitarios proscritos.

Pero la efervescencia creada así comenzó luego a decrecer; el gobierno tuve que decretar el 24 de noviembre penas severas contra los que no se enrolasen en la guardia nacional.