Los
tranvías continúan siendo el tema obligado: se inaugura una línea entre
Retiro y la esquina de Rivadavia y Paseo de Julio. Los tranvías desalojan a los
ómnibus y se levanta una ola de críticas. Sólo un núcleo selecto de la
ciudad los defiende: la opinión y la prensa en general se apasionan en contra
“de los tranways”. Jorge Drable y Mariano Billinghürst asumen la
defensa, y como argumento incontrastable muestran las estadísticas de Londres y
Nueva York.
Las resistencias del vecindario tiene motivos varios. Su presencia
constituye una revolución económica dentro de la ciudad, ya que su circulación
valoriza propiedades alejadas del centro y forma barrios populosos donde antes
de su llegada sólo había parajes solitarios.
Quienes más se oponen al
servicio son los comerciantes y propietarios del centro, los que levantan como
argumento uno sobradamente emocional que pronto prende en el ánimo público:
los tranvías son peligrosos, muchos morirán bajo sus ruedas. En esta campaña,
como es natural, los acompañaron los dueños de ómnibus y carruajes, que veían
en los tranvías su desaparición. Pero los tranvías ganan el combate.
Sus
enemigos logran apenas un consuelo: que el Poder Ejecutivo ordene la presencia
de un pregonero a fin de evitar
accidentes. De esta forma, la circulación
de tranvías se inició llevando a un jinete con una corneta – a unos veinte pasos delante - el que anunciaba a los transeúntes el
inminente paso.
El 24 de agosto se inaugura en Buenos Aires la primera línea
de tranvías a caballo, cuyo recorrido se extiende desde las actuales avenidas
Rivadavia y Leandro N. Alem hasta Retiro. |