Provincianos y porteños

Buenos Aires centralizaba la comunicación con el exterior; el río de la Plata era la entrada obligada al país y Buenos Aires el punto para toda salida e ingreso de productos comerciales, de personas, de ideas. El puerto y la aduana se convirtieron así en centros de poder; el comercio, la iniciativa, todo se concentró en Buenos Aires. 



Coincidencias y discrepancias

Las fuerzas que pugnaban por una liberación de esa presión eran débiles y además carecían de cohesión entre ellas; pero a través de los años, algunas provincias, sobre todo las del litoral, reclamaron la libre navegación de los ríos como medio para emanciparse de la tutela opresiva de Buenos Aires.

Ya desde los tiempos coloniales es manifiesto el antagonismo entre porteños y provincianos; la riqueza y el poder tenían su base en Buenos Aires; las provincias del interior eran pobres y subsidiarias de la capital y no ocultaban su temor a ser absorbidas por ella. 

La capital se aferraba a la conservación de sus privilegios históricos; las provincias aspiraban a desligarse de la subordinación económica y política. 

Los caudillos locales y provinciales fueron una reacción espontánea contra La hegemonía porteña y la habilidad de Rosas consistió en reconocer esos localismos y en unirlos a su carro triunfal y domarlos poco a poco.

Era preciso armonizar esas discrepancias tradicionales por una legislación armónica, por una distribución equitativa de los factores de crecimiento demográfico y económico, por el respeto y por la seguridad de los derechos y aspiraciones de todos. 

La interpretación y la concordia de esos sentimientos tanto tiempo encontrados era la misión que se proponía cumplir Urquiza.

Después de Caseros volvieron al país los emigrados; entre ellos las plumas más templadas y las inteligencias más cultivadas, aunque a veces lejos de la realidad imperante; hay una escisión entre los antiguos residentes, opresores y oprimidos, todos habituados a obedecer a la autoridad suprema, masa conducida muchos años sin ningún derecho de opinión, y los emigrados que retornaban, habituados a defender su causa, a sacrificarse por sus ideas, capaces de iniciativa propia. Los primeros se contentarían con prestar su concurso a la organización nacional si se les respetaba, dejando que las nuevas corrientes llegasen a los cambios lógicos; los segundos se mostraban indóciles, recelosos, con la excitación propia de los largos años de destierro y querían consagrarse a la tarea común, pero no exentos de reservas, temores y desconfianzas ante los sucesos.

Buenos Aires había sido libertada y lo que ahora necesitaba era estabilidad y orden para consolidar la nueva situación; las provincias continuaban todavía regidas por los viejos caudillos.

Si después de Caseros Urquiza hubiese llevado una guerra frontal a las provincias federales, seguramente habría provocado la resistencia de los caudillos, se habría derramado mucha sangre y se habría retardado la organización. Conocedor del terreno y de los hombres que habían sido sus compañeros en las filas federales, creyó más prudente recurrir a otros métodos, confiar en el sentimiento corporativo, de vinculación nacional, alentado y orientado por él. 

El triunfo de Caseros produjo por su simple irradiación movimientos locales que depusieron a los gobernadores rosistas en Mendoza, San Juan, Córdoba, Corrientes, Tucumán, Santa Fe, Salta y Jujuy antes de la promulgación de la constitución de 1853.

Tanto unitarios como federales, por otra parte, los que habían seguido a Rivadavia, a Lavalle y a Paz, como asimismo los que habían estado con Dorrego, con Rosas y con Urquiza, habían llegado a la convicción de la necesidad de constituir la república según el sistema federativo. Lo que ayer sostenían las masas populares, lo propiciaban ahora también los escritores y pensadores de la proscripción y en ese punto había coincidencia; el fracaso de los viejos ensayos unitarios y dc la tiranía, que también fue unitaria y centralista en nombre del federalismo, había uniformado las ideas en ese punto. Esas corrientes espontáneas de organización social hicieron lo que no habían logrado antes los gobiernos, los congresos, las batallas, las persecuciones y las violencias homicidas.

Si no se realizó la unidad nacional en 1852 no fue por discrepancia de ideas políticas, sino por divergencias de tipo personal y por desconfianzas mutuas, factores que entraron en liza con el mismo rigor con que antes habían entrado los unitarios y los federales.