Rafael de Sobremonte y Núñez

Rafael de Sobremonte y Núñez (Sevilla, 27 de noviembre de 1745 - Cádiz, 1827) fue un noble español que ostentó el título de III marqués de Sobremonte, además de ser un militar, caballero de la Orden de San Hermenegildo y un administrador colonial. Fue asignado en el cargo de primer gobernador intendente de Córdoba del Tucumán entre los años 1783 a 1797 y luego como noveno virrey del Río de la Plata desde 1804 hasta 1807.
Rafael de  Sobremonte y Núñez
Rafael de Sobremonte y Núñez

Biografía

En el siglo XVII los Sobremonte (originalmente Bravo de Sobremonte) eran una familia hidalga de Aguilar de Campoo, aunque sus raíces estaban en la localidad Vallerredible.

Adquieren cierta relevancia en la corte a raíz de que un miembro del linaje, Gaspar Bravo de Sobremonte (1610 - 1683), se convirtiera en uno de los médicos más famosos de su tiempo, médico de cámara de los reyes Felipe IV y Carlos II. De un hermano del doctor Bravo de Sobremonte parte la rama familiar donde fue concedido en 1761 el marquesado de Sobremonte, cuyo tercer titular fue el virrey Sobremonte.

Rafael de Sobremonte nació el 27 de noviembre de 1745 en Sevilla, fruto del matrimonio de Raimundo de Sobremonte y Castillo con su esposa, María Ángela Núñez Angulo y Ramírez de Arellano. Su padre y su tío paterno, José Antonio de Sobremonte, eran magistrados de la Real Audiencia. Además, Raimundo ocupó también el cargo de teniente de Asistente de la ciudad de Sevilla.

A diferencia de su padre y su tío, el joven Rafael no emprendió la carrera de leyes sino que se decantó por la milicia. El 1 de septiembre de 1759, con trece años, ingresa como cadete en las Reales Guardias Españolas donde se gradúa como teniente del batallón de infantería fijo de la ciudad. 

En 1761 viaja a América acompañando a su tío José, primer Marqués de Sobremonte, que había sido nombrado gobernador de Cartagena de Indias.

Tres años después, Rafael de Sobremonte regresó a España y, al poco tiempo, fue trasladado a Ceuta agregado al regimiento de infantería de la Victoria. 

Allí ascendió a capitán el 4 de abril de 1769. Pasó con ese regimiento a la guarnición de Puerto Rico, donde estuvo los cinco años siguientes. En puerto Rico se graduó de teniente coronel el 23 de junio de 1770, alcanzando el grado de coronel el 11 de noviembre de 1773, y posteriormente el de brigadier el 12 de abril de 1774.

Volvió a la península ocupando el cargo de inspector general de infantería, pero regresó a América al ser designado secretario del virreinato del Río de la Plata, cargo que ocupó el 1 de enero de 1780.

Rafael de Sobremonte estuvo casado en primeras nupcias en Buenos Aires, el 25 de abril de 1782, con una dama rioplatense, Juana María de Larrazábal y la Quintana, nacida en Buenos Aires el 15 de julio de 1763, con quien tuvo doce hijos 

En sus últimos años, luego del fallecimiento de su primera esposa, contrajo matrimonio con María Teresa Millán y Marlos, de quien no tuvo descendencia.

Por su hija Juana María Nepomucena, que contrajo matrimonio en Buenos Aires el 11 de noviembre de 1809 con el teniente general José Joaquín Primo de Rivera y Ortiz de Pinedo (1777-1853), que tuvo diversas actuaciones en la Guerra de la Independencia Española y luego en la de la independencia sudamericana, Rafael de Sobremonte fue bisabuelo del general español Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, quien gobernó España a la cabeza de un directorio militar entre 1923 y 1930.

Rafael de Sobremonte cumplió con diversos cargos en el Virreinato del Río de la Plata:

Secretario del Virreinato, con el grado de teniente coronel, en la época del virrey Vértiz (1779-1783).

Gobernador intendente de la Intendencia de Córdoba del Tucumán (1783-1797).

Sub inspector general de las tropas veteranas y milicias (1797-1804).

Presidente de la Real Audiencia de Buenos Aires (1804).

Virrey, gobernador y capitán general del Virreinato del Río de la Plata (1804-1807).

En 1779 fue designado secretario del virrey del Río de la Plata, Juan José de Vértiz y Salcedo, con el grado de teniente coronel. Continuó en el cargo con el sucesor de este, el marqués de Loreto.

El 22 de agosto de 1783, el rey Carlos III lo designó gobernador intendente de la recientemente creada Intendencia de Córdoba del Tucumán, cargo que asumió recién el 7 de noviembre de 1784. Ocupó el cargo durante trece años destacándose como un excelente administrador: mandó limpiar y arreglar las calles de la ciudad de Córdoba, ordenó la construcción de la primera acequia que llevó agua corriente a esa ciudad, proveniente del río Primero, la construcción de las defensas contra las crecientes del río y el Paseo de la Alameda (hoy Paseo Sobremonte). 

En 1786 abrió la Escuela Gratuita y de Gobierno, mandó construir escuelas en la campaña. Creó la Cátedra de Derecho Civil en la Universidad de San Carlos; mejoró administrativamente la atención del vecindario, dividiendo la ciudad en seis barrios, embelleció las plazas y paseos entonces existentes en la ciudad como la entonces llamada Plaza Mayor de Córdoba, estableciendo fuentes y luminarias entre otros detalles. Encargó el primer alumbrado público y fundó un hospital de mujeres. Mejoró la situación de la justicia, muy descuidada por la distancia con Buenos Aires.

Durante su gestión mejoraron las condiciones de trabajo en las minerías, como la aurífera de La Carolina, y dio impulso a las mismas en distintas provincias de la actual Argentina.

Creó fortines y poblados para lograr combatir a los malones indígenas, como los de: Río Cuarto, La Carlota, San Fernando, Santa Catalina, San Bernardo, San Rafael (Mendoza), Villa del Rosario, etc.

Durante su gobierno debió hacer frente a un partido opositor, liderado por los hermanos Ambrosio y Gregorio Funes, que lo hostigaron casi permanentemente, prevalidos de la posición de Gregorio como deán de la Catedral de Córdoba.

En 1797 fue nombrado subinspector general del ejército del Virreinato. En ese cargo se esforzó en ponerlo en condiciones de resistir una invasión británica o desde Brasil, fortificando especialmente Montevideo y Colonia del Sacramento. Dirigió en Colonia una espectacular maniobra de todos los cuerpos militares disponibles, como entrenamiento para repeler una invasión inglesa a esa ciudad.

Preparó un reglamento de milicias regladas para el virreinato en base al Reglamento de Cuba. El rey Carlos IV aprobó ese reglamento el 14 de enero de 1801, denominado "Reglamento para las Milicias disciplinadas de Infantería y Caballería del Virreynato de Buenos Ayres, aprobado por S. M. y mandado observar inviolablemente".

En abril de 1804, al producirse el fallecimiento del virrey Joaquín del Pino y Rozas (choznotioabuelo de Juan Manuel de Rosas), fue nombrado en su reemplazo virrey del Río de la Plata.

En la misma época, Gran Bretaña y España entraban en guerra, con lo cual su sede de gobierno, Buenos Aires, quedaba expuesta a un ataque inglés en cualquier momento. Pidió auxilio a la corte española, pero el primer ministro Manuel Godoy le contestó que se defendiera como mejor pudiese.

Creyendo que el seguro ataque inglés se produciría en la principal ciudad de la Banda Oriental: Montevideo, fortificó especialmente esa ciudad -plaza amurallada fácil de defender por tropas españolas, pero también por posibles invasores que la ocuparan- y envió allí a las mejores tropas.

Los cuerpos militares del virreinato del Río de la Plata habían sufrido muchas bajas en los últimos tiempos, en particular, durante la sublevación indígena liderada por Túpac Amaru II. Sin embargo, toda la ayuda que recibió fueron unos cuantos cañones y la sugerencia de armar al pueblo para la defensa. Pero el virrey entendía que darle armas a los criollos -muchos de ellos influenciados por ideas revolucionarias- era una estrategia peligrosa para los intereses de la Corona.

Los oficiales con que contaba eran pocos e incapaces, y la flota de guerra a su disposición era más reducida que antes. Su ejército contaba con 2 500 hombres, casi todos milicianos, que no sabían cargar un fusil.

Entre otras medidas, nombró al francés Santiago de Liniers comandante del puerto de Ensenada de Barragán, distante a unos 70 km al sur de Buenos Aires, con la misión de proteger la costa. Este le envió varios avisos de que los ingleses estaban explorando el Río de la Plata.

A principios de junio de 1806 se inició la primera de las dos Invasiones Inglesas. El 24 de junio, el virrey Rafael de Sobremonte recibió el informe referente a la aparición de los barcos ingleses mientras asistía con su familia a una función en el teatro:  fue interrumpido por un oficial que le comunicó un amago de desembarco del enemigo en dicha localidad, que finalmente no se concretó. La comunicación de Liniers le señalaba que se trataba de "despreciables corsarios, sin el valor y resolución de atacar". A pesar de esto, Sobremonte se retiró antes de que terminara la función al Fuerte de Buenos Aires, donde redactó una orden para organizar la defensa.

A la mañana siguiente, los barcos enemigos aparecieron frente a la costa de Buenos Aires y fueron bombardeados desde el fuerte, pero a las pocas horas pusieron rumbo a las costas del sur de la ciudad.

No estaba seguro de que se tratara de un verdadero ataque, por lo que envió al brigadier Arce a impedir un posible desembarco en la localidad de Quilmes. Al frente de 500 hombres, este los dejó desembarcar sin atacarlos, seguro de que no podrían cruzar los bañados que separaban (y separan aún) la playa de las barrancas. Pero los invasores cruzaron y los hombres de Arce huyeron, con lo que el 26 de junio los ingleses pudieron iniciar su marcha sobre la ciudad.

Se trataba de unos 1.560 invasores, comandados por William Carr Beresford, y embarcados en los buques al mando de Home Riggs Popham, autor del proyecto de invasión. El ataque se había producido sobre la misma capital, porque Popham había sido informado por espías sobre un tesoro conformado por una gran suma de dinero proveniente del interior del país, guardado en Buenos Aires a la espera de poder ser trasladado a España.

Sobremonte dio una gran arenga, convocando a la población apta para el uso de armas a incorporarse a la milicia. Todo se hizo en el mayor de los desórdenes: no se entregaron todas las armas, y muchos voluntarios quedaron sin ninguna. Hubo fusiles que se entregaron sin piedras, sin balas o con balas del calibre equivocado; las espadas y sables estaban sin afilar. Sus propios oficiales lo acusaron de ese desorden, pero ellos no hicieron nada por remediarlo: el miedo y la excitación los dominaba.

El virrey ordenó quemar el puente llamado de Gálvez -situado donde actualmente se halla el puente Pueyrredón- sobre el río Matanza-Riachuelo, e intentó una defensa detrás del mismo. Contando con que los ingleses se verían obligados a cruzarlo aguas arriba, trasladó sus tropas hacia el oeste, para recibir el ataque en esa zona.

Pero los invasores se apoderaron de las embarcaciones de cabotaje del Río de la Plata y de los botes del Riachuelo, con los cuales cruzaron a la otra orilla. Allí la defensa fracasó en su primer y único intento. El virrey dio algunas órdenes incoherentes, que fueron peor interpretadas aún, y los defensores huyeron en desorden.

El virrey Sobremonte se hallaba ya fuera de la ciudad, y decidió retirarse, trasladándose a Córdoba: desde la época del virrey Vértiz existía una disposición que ordenaba que, si Buenos Aires era atacada por una fuerza extranjera y no se podía conservar la capital, debía hacerse un repliegue hacia el interior y organizar la defensa en Córdoba. De esa manera se podía conservar el resto del Virreinato y reconquistar la capital con probabilidades de éxito. Sobre todo, ni el virrey ni su familia debían caer en manos de los invasores, para no ser obligado a firmar órdenes de rendición. Eso fue lo que hizo Sobremonte.

Buenos Aires representaba poco en la economía virreinal en aquella época, y Sobremonte apuntó a consolidar la posición militar en Córdoba, reunir las fuerzas necesarias y procurar la reconquista sobre bases militarmente sólidas, antes de que pudiesen llegar refuerzos desde Inglaterra.

Por otro lado, entendía que armar al pueblo para la defensa implicaba la entrega de poder a los criollos. 

Al frente de 2.000 hombres y llevando el tesoro real, el virrey se trasladó hacia Luján. Allí dejó el tesoro, que no podía transportar por el mal estado de los caminos en invierno, y siguió camino a Córdoba. Las milicias porteñas lo abandonaron en su mayor parte, negándose a abandonar sus hogares.

Una vez tomada oficialmente la ciudad de Buenos Aires por el jefe inglés, los comerciantes locales le ofrecieron los caudales públicos a cambio de la devolución de los barcos y lanchas que había tomado y de los capitales privados que se había llevado Sobremonte.9 Escribieron al virrey, pidiéndole la entrega del tesoro que se había llevado, y guiaron a los ingleses hasta el cabildo de Luján. Allí los invasores se apoderaron del tesoro, enviándolo inmediatamente a Londres, donde fue paseado en triunfo camino a las bóvedas de un banco (sin saber que ya hacía un mes que los porteños habían recuperado la ciudad).

El 14 de julio, Sobremonte declaró a la ciudad de Córdoba capital provisoria del Virreinato del Río de la Plata, y ordenó desobedecer todas las órdenes provenientes de Buenos Aires mientras durara la ocupación. Reunió de inmediato a todas las tropas disponibles de esa provincia —que incluía a Cuyo— y las de Salta —conformada entonces por Tucumán y Santiago del Estero— especialmente el batallón de Arribeños, al mando del cordobés Juan Bautista Bustos. A las pocas semanas ya avanzaba al frente de un ejército de 3.000 hombres de regreso hacia Buenos Aires.

Mientras tanto, Liniers había llevado de Montevideo las tropas enviadas allí el año anterior por el virrey, y las reunió con los voluntarios de Buenos Aires que entrenaban Juan Martín de Pueyrredón y Martín de Álzaga. Ese ejército se lanzó a reconquistar la ciudad sin esperar al virrey, lográndolo el 12 de agosto.

Inmediatamente después de la Reconquista, Álzaga reunió un cabildo abierto, en el cual, bajo presión de la muchedumbre enardecida, se decidió que Sobremonte no debía reasumir el mando en la capital: Liniers fue nombrado comandante de la plaza, y el mando político urgente fue ejercido por el regente de la Real Audiencia. La medida era revolucionaria, ya que impedía ejercer su mando a un representante de un rey absoluto.

Sobremonte se retiró a Montevideo con parte de sus tropas, a tratar de impedir la segunda invasión, sobre la que no cabían dudas que ocurriría: la flota inglesa de Popham nunca se había retirado del Río de la Plata. Pero la población de Montevideo, influida por la actitud de la de Buenos Aires, rechazó su mando.

Cuando se produjo el esperado ataque inglés, envió las tropas de que disponía a rechazarlos, pero sus tropas desertaron. En medio de un conflicto con el gobernador Pascual Ruiz Huidobro, el virrey abandonó la ciudad y se dedicó a reunir tropas para intentar defenderla. Pero, en su ausencia, los invasores tomaron Montevideo. En respuesta, un cabildo abierto reunido en Buenos Aires, organizado y dirigido por el alcalde Álzaga, lo declaró depuesto; fue arrestado y conducido a San Fernando. En un régimen absolutista, era una verdadera revolución.

Fue reemplazado por Liniers que salvó la ciudad se salvó gracias a la decisión de los porteños, que se defendieron valientemente bajo la dirección de Álzaga. La victoria justificó a posteriori la deposición que se había hecho del virrey, y la historia condenó la actuación de Sobremonte.

Permaneció en Buenos Aires hasta 1809, año en el que regresó a España, donde fue sometido a un consejo de guerra en Cádiz, en el que el mismo Liniers atestiguó en su favor. El juicio fue suspendido al estallar la guerra de independencia española pero volvió a sustanciarse más tarde. En 1813 lo absolvió el tribunal presidido por el capitán general de la provincia, Cayetano Valdez.

Recibió el pago de sus sueldos atrasados, fue ascendido a mariscal de campo y nombrado consejero de Indias.

Más tarde cubrió puestos burocráticos en varios destinos del sur de la Península.

En España, y luego del fallecimiento de su primera esposa, se desposó en segundas nupcias, a los 75 años, con María Teresa Millán y Marlos, viuda de un sobrino de Baltasar Hidalgo de Cisneros, el último virrey del Río de la Plata. A este matrimonio tardío se opusieron sus familiares debido, entre otras cosas, a que se trataba de una mujer pobre y de unos 40 años de edad.

Sobremonte murió en enero de 1827, en Cádiz, empobrecido y sin haber podido recuperar el prestigio perdido.