Manuel Belgrano
Primeros Años
El Consulado
1810
Paraguay
Alto Perú
Lejos del Frente
Ejército del Norte
El ocaso
 
La revolución  
La Memoria de 1809 es un discurso escrito con el apremio del momento de crisis: "Esto, que sería obra para cualquiera sesión, es hoy una memoria porque lo creo muy de necesidad". La emergencia está instalada, por la presencia de extranjeros en el Plata que presionan por todos los medios a su alcance para lograr la legalización del comercio directo, sin intermediación de España. Está en juego la política comercial rioplatense y el avance hacia una situación de mayor autonomía. La decisión del virreinato llegó en noviembre, pero meses antes, Belgrano fija su posición a través de esta Memoria.
La disyuntiva resulta de la cuestión de la necesidad de autonomía, dada "la deplorable situación en que nos hallamos, casi rotos todos los vínculos de nuestro comercio nacional", la apertura al mundo y con la también necesaria protección de la producción local.
Belgrano adopta una posición coherente, desde lo teórico, con las posiciones proteccionista y nacionalista de sus escritos anteriores. Ataca "el espíritu cruel de la codicia" de quienes "corren precipitadamente al inicuo tráfico del contrabando, al parecer como empeñados en acabar y ultimar al comercio lícito, y con él acelerar la destrucción del Estado". Denuncia la corrupción de quienes prestan su nombre y su firma para introducir efectos ilegales, proponiendo una sanción ejemplar. No deja de explicar la importancia de impedir la saturación de la plaza por mercancías de bajo costo a fin de sostener el valor de la producción propia. "Desengañémonos: jamás han podido existir los Estados luego que la corrupción ha llegado a pesar las leyes". La razón de la supervivencia del sistema político es el tema central de la Memoria. Hay en ella una percepción de la crisis, y la opción de Belgrano es la del revolucionario, que siente la urgencia de la transformación: "Está en nuestras manos la decisión".
 
   
1810  
Al empezar 1810, el espíritu de la revolución impregnaba la esencia de las cosas y la conciencia de los hombres; todo fluía hacia un objetivo determinado. Ese objetivo era el establecimiento de un gobierno propio, emanado de la voluntad general y representante legítimo de los intereses comunes. Para conseguirlo era indispensable pasar por una revolución. Como todas las grandes revoluciones, la nuestra, lejos de ser el resultado de una inspiración personal, de la influencia de un círculo, o de un momento de sorpresa, fue el producto espontáneo de gérmenes fecundos. Una minoría activa, inteligente y previsora, dirigía sutilmente la marcha decidida del pueblo hacia su nuevo destino.
Una sociedad secreta elegida por los mismos patriotas, era el foco invisible de este movimiento. Los miembros de esta sociedad eran: Belgrano, Nicolás Rodríguez Peña, Agustín Donado, Juan José Paso, Manuel Alberti, Hipólito Vieytes, Terrada, Darragueira, Chiclana, Irigoyen y Castelli, teniendo por agentes activos a French, Beruti, Viamonte, Guido, y otros jóvenes entusiastas. Ellos eran los que ponían en contacto a los patriotas, hablaban a los jefes de los cuerpos, hacían circular las noticias y preparaban los elementos para cuando llegase el momento de obrar. Se reunían unas veces en la fábrica de Vieytes (la famosa "jabonería de Vieytes") o en la quinta de Orma. El momento esperado llegó en Mayo:
Los ejércitos franceses amenazaban a Cádiz, último baluarte de la independencia española. La Junta Central se había disuelto por la fuga, y en consecuencia ya no había autoridad, ya no había metrópoli, y las colonias españolas podían considerarse independientes de hecho y de derecho. El momento de obrar había llegado.

Cabildo Abierto de 1810

Cabildo abierto del 22 de Mayo de 1810