Manuel Belgrano
Primeros Años
El Consulado
1810
Paraguay
Alto Perú
Lejos del Frente
Ejército del Norte
El ocaso
 
Vilcapugio y Ayohuma  
Después de la batalla de Salta, la reorganización del ejército, la reparación del material y la incorporación de nuevos reclutas para cubrir las bajas producidas, demoraron a Belgrano en Salta casi dos meses. Concluidos los preparativos, avanzó hasta Jujuy, en dirección a Potosí, que fue ocupada en los primeros días de mayo.
Potosí había sido una de las ciudades del Alto Perú menos accesibles al espíritu de la revolución. Centro minero de gran importancia y asiento de un Banco de Rescates o Casa de Moneda, prevalecía en ella una aristocracia de terratenientes y de funcionarios reales, veedores y ensayadores.
Desde su entrada en el territorio del Alto Perú se hizo sentir el efecto saludable de las medidas tomadas por Belgrano para reforzar severamente la disciplina de sus tropas. Las victorias y el firme apoyo del gobierno, del que ahora estaba seguro, le dieron una gran autoridad y un ascendiente indiscutible sobre jefes, oficiales y soldados. Ya no vacilaba en proceder enérgicamente contra los jefes más díscolos y prestigiosos. Al entrar en el Alto Perú, Belgrano repitió las órdenes severísimas que tenía dadas, con el fin de asegurar, con la disciplina de sus tropas, el respeto a la vida y el patrimonio de las poblaciones pacíficas. Se preocupó también de remontar sus efectivos; y a tal fin dispuso que el coronel Zelaya se dirigiese a Cochabamba, con orden de formar allí un nuevo regimiento de caballería. Entre tanto, el general Pezuela, que había reemplazado a Goyeneche, reorganizaba en Oruro el ejército realista y aumentaba sus fuerzas con 360 hombres y 10 piezas de artillería que acababa de remitirle el virrey del Perú. El 7 de agosto se hallaba en Ancacato, 23 leguas al norte de Potosí, con una fuerza de 4000 hombres y 18 piezas de artillería. Aprovechando el apoyo popular - particularmente favorecido por el apoyo de la masa indígena, que acababa de asegurarse en una pintoresca entrevista con el cacique Cumbay -, Belgrano fijó su plan. Consistía en atacar al ejército realista: por el frente, con el grueso de su ejército; y por el flanco izquierdo, con un cuerpo de caballería ya organizado en Cochabamba por el coronel Zelaya; mientras el caudillo Baltazar Cárdenas promovía una vasta insurrección de las indiadas a su retaguardia.
El 5 de septiembre partió de Potosí al frente de su ejército, con un efectivo de 3500 hombres y 14 piezas de artillería. El enemigo permanecía reconcentrado en Condo, cuatro leguas al oeste. Belgrano proseguía, entre tanto, su marcha en dirección al lugar denominado Lagunillas. El 27 todo el ejército se hallaba en la pampa de Vilcapugio. El destacamento de observación realista ubicado en Pequereque, bajo las órdenes del coronel Castro, chocó con las huestes de Cárdenas, que fue fácilmente dispersada. Cayeron en poder de Castro los papeles del vencido y, con ellos, varias cartas de Belgrano en que se detallaba el plan. Advertido Pezuela del peligro en que se hallaba envuelto, se anticipó al movimiento del enemigo y, dirigiéndose a su encuentro, lo atacó en Vilcapugio, donde se hallaba situado, el día 1 de octubre. El centro y la izquierda de la línea realista fueron destrozados, pero la derecha resistió bravamente bajo las órdenes de los coroneles Picoaga y Olañeta. Ante esto, Belgrano dispuso que el regimiento primero de Patricios corriese en auxilio del ala izquierda. La maniobra fracasó y el regimiento primero de Patricios, envuelto en la dispersión, cedió al pánico, desbandándose lastimosamente.
Belgrano, ante la dispersión ya inevitable de su ejército, desmontó en uno de los cerros situados a retaguardia, en el campo de batalla; tomó en sus manos una bandera; reunió una parte de los dispersos; y comenzó a tocar llamada. A los pocos momentos contaba en derredor suyo 200 hombres y una pieza de artillería. Así se mantuvo por espacio de tres horas, con la esperanza de que un refuerzo de su derecha ya dispersa, o quizás el arribo del coronel Zelaya con la caballería de Cochabamba, le permitiesen restablecer el combate. El enemigo, dos veces rechazado en sus asaltos, se hallaba al pie de la cuesta y a prudente distancia, sin atreverse a renovarlos, porque allí estaba Belgrano. Esperaba también refuerzos para intentar definitivamente el desalojamiento de aquel reducido y glorioso grupo de vencidos. A las dos de la tarde, rodeado de 500 hombres y convencido de la inutilidad de la espera, dispuso que el mayor general Díaz Vélez se dirigiese a Potosí, para reunir allí los dispersos que iban en esa dirección; mientras él se dirigía a Cochabamba, buscando la incorporación de Zelaya. Era su propósito amenazar la retaguardia del enemigo. Como lo probarían los hechos, no fueron vano alarde las breves palabras con que arengó a sus soldados, en el momento de ponerse en marcha: "Hemos perdido la batalla después de tanto pelear. ¡No importa! Aún flamea en nuestras manos la bandera de la patria".
El 5 de octubre se hallaba a tres leguas de los ingenios de Ayohuma; y allí, multiplicando su actividad, tomó todas las medidas necesarias para reorganizar su ejército y afrontar de nuevo la suerte de las armas. A principios de noviembre, Belgrano, situado en Ayohuma, contaba de nuevo con 3000 hombres y 8 piezas de artillería, en regular estado de organización. Había tenido que remontar sus efectivos con reclutas del país. Esta circunstancia influyó de una manera decisiva en su resolución de combatir a todo trance, pues se hallaba persuadido de que una retirada, en su situación, lo exponía a todos los riesgos de una deserción considerable y, en consecuencia, a la desbandada total de sus tropas.
El ejército realista, en cambio, se movía desde Ancacato, con una fuerza total de 3500 hombres entonados por la victoria y 18 piezas de buena artillería. Poco antes de la acción, Belgrano reunió a los jefes de su ejército en junta de guerra; y en ella tomó sobre sí la responsabilidad de la resolución. Guareció su ejército detrás de un barranco, frente a la pampa de Ayohuma, en donde pensaba que debía desarrollarse la acción, con la esperanza de envolver mediante su fuerte caballería el flanco izquierdo del ejército enemigo. Pero éste frustró los planes de Belgrano, corriéndose sobre la izquierda, con la mira de envolver a su vez el flanco derecho del ejército patriota. Pronto se abrió el fuego sobre las filas patriotas. Los soldados de Belgrano, a pesar de su inferioridad moral y numérica, resistieron durante tres horas, "como si hubieran criado raíces en el lugar que ocupaban" (parte de Pezuela). Tanto heroísmo no pudo, sin embargo, evitar la derrota. El enemigo, dueño de una eminencia desde la cual dominaba la derecha del ejército patriota, forzó el ataque y obligó a éste a retirarse. Belgrano debió dejar en poder del enemigo cerca de 1000 hombres entre muertos, heridos y prisioneros.